Josep Carner
(1884-1970)
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EL EUCALIPTO DE QUARTO DEI MILLE
Es un día de invierno sin malicia,
y enfrente, con su oro fino y miel,
cubre un viejo eucalipto de caricias
un pedazo de cielo.
Cuántas cosas revela o medio oculta,
la hilera de cipreses por debajo;
una esquina de mar, solo una esquina,
brillante, como un lagarto que duerme,
olivos tan contentos
con su pequeño azogue por amigo,
las tres casas rosadas
charlando al borde de la loma,
el camino donde resbala el cura, la hortelana
y los abarrotados tranviítas,
y el puentecito del tren que se ufana
de sus múltiples ojos.
Cuando atraviesa el viento osado
vibra el aire con un largo silbido
y cada puerta al golpear se ahoga,
pero el viejo eucalipto es un sabio
y no un atolondrado.
Por más que empuje la ventisca
no descompone su antiguo tesoro;
en las encarnizadas embestidas
mueve solo un mechón de hojas áureas.
Así, delante del tierno paisaje,
que agita ahora un súbito entusiasmo,
el árbol que señala benévolo mi casa
es como una coqueta que, dentro del cortejo
de un rito sacro,
incluso en día de revuelo y turba,
mueve el cuello con un fulgor de nácar,
el satinado y bello piececito
o el dedo del anillo.

















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